Ultima actualización: 26 abril 2016

La cortesana de las cruces, de Emilio Carrere (novela erótica de 1925)

Comento en esta entrada otra obra de Emilio Carrere titulada La cortesana de las cruces, aunque como este autor publicaba varias veces una misma novela cambiando el título, La cortesana de las cruces también se publicó bajo el título alternativo de El más espantoso amor.

El tema central de La cortesana de las cruces / El más espantoso amor es la necrofilia y el sadomasoquismo su telón de fondo.

Referencia del libro: Emilio CARRERE: La cortesana de las cruces. Madrid: Sucesores de Rivadeneyra, 1925 [colección La novela de noche, 26]. Ilustraciones de Baldrich.

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La historia se sitúa en una levítica capital de provincias muy parecida a Ávila. Más concretamente, el escenario de La cortesana de las cruces / El más espantoso amor es el Bar Estrella, un prostíbulo situado “en un paupérrimo barrio, pegado a la muralla, por la parte de fuera” (p. 72).

Allí ha acabado recayendo Sara, la cortesana de las cruces, a los 32 años. Su historia personal se sintetiza así: “comenzó de camarera a los veinte años, después del desliz romántico de casi todas las mujeres caídas. Uno cualquiera que tenía dinero se encaprichó de ella y la retiró del café. Sara entró entonces en un mundo frívolo, vicioso y elegante, de queridas bien pagadas, lindos muñecos de carne que, tanto como el deseo sexual, realizaban la vanidad de aquel mundillo de muchachos ricos, con pocos escrúpulos y enfermos de todos los snobismos del pecado… Aquel hombre, enfermo de todas las lacras del sexo, agotado por el delirio de todos los excesos y con la tara psíquica de una vida vacía de idealidad, fue aristócrata degenerado, nieto, por el espíritu, del marqués de Sade, quien, en una borrasca de lujuria y de alcohol, la hizo sangre una noche. Era el raro capricho de un amante rico… El núcleo de cocotas y de señoritos no se asombraron ¡Asombrarse es burgués! Y las intimidades algolágnicas –el placer por el dolor- de Sara se hicieron célebres enseguida… En aquel instante comenzó la boga y la fortuna de La cortesana de las cruces. ¡Diríase que todos los hombres que la rodeaban tenían una sed diabólica de su sangre! Entre los jóvenes del Madrid que se divierte se propagó una epidemia de algofilia erótica, y acudían a ella, que era la única, en nuestra época decadente, tan llena de drogas de la botica satiriásica, que sabía enardecer la pasión con su hermoso cuerpo” (p. 27-29).


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Así pues, ya tenemos a Sara presentada como una masoquista / algolágnica. El narrador lo atribuye al influjo del Marqués de Sade y luego explica el porqué del apelativo “cortesana de las cruces”: “Ella permitía que sus amigos realizasen su gusto de hacer sobre sus pechos o sobre el lugar que más les agradase –excepto en el rostro- una cruz con un puñalito hasta que brotase la sangre. Este rojo acicate del deseo, entre aquella cohorte de alienados tuvo un éxito demoníaco. Los que estaban en condiciones de pagarse este sibaritismo no eran gentes de poco más o menos.” (p. 31-32).

Sara lo ha experimentado todo: “capaz de realizar las más audaces extravagancias de sus amigos. Y eso que algunos eran tan crueles como Sade, y otros practicaban toda la escala de las pequeñas abyecciones, grotescas o dramáticas, perfectos alumnos del novelista austríaco Sacher Masoch…” (p. 98).


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Un día entra en el prostíbulo donde trabaja Sara el doctor Alberto Escuder “una gloria madrileña, especialista en enfermedades mentales” (p. 21-22) el cual cree ver en la cortesana de las cruces la rencarnación de su novia fallecida.

Escuder recuerda cuando su novia falleció: “cuando vinieron a llevársela, me arrodillé sobre su rostro y le di, en plena boca, el único beso que le he dado en mi vida, enredando mis pestañas con las suyas, sintiendo el hielo tremendo de su mejilla bajo la mía; un beso inmenso de amante; el beso infinito que aspira el alma de la mujer que deseamos, como un perfume… Del tiempo de mis amores con aquella mujer, el recuerdo más vivo, más imborrable, es precisamente el de aquel momento macabro. Aquel helado beso necrofílico” (p. 66-67).

Total, que el doctor Escuder acaba proponiendo a Sara una escena en la que ella ha de ser como su novia muerta, declarando, eso sí, que “sé que no soy un hombre normal. Pertenezco a esta categoría de locos disimulados, más peligroso muchas veces que los que están recluidos” (p- 107-108).

Al final, mientras Escuder besa a Sara tan apasionadamente como lo hizo con el cadáver de su novia, el hombre muere de forma fulminante. Conclusión: “no se pueden gastar bromas con lo Misterioso” (p. 126).

Me pregunto si esto puede considerarse literatura erótica o si se queda en fábula truculenta con moraleja incluída.

Remito a los trabajos sobre el sadomasoquismo en la literatura erótica española de principios del siglo XX que he publicado en la revista digital Cuadernos de BDSM para una visión contextualizada de esta obra de Emilio Carrere. 

Remito asimismo a los comentarios dedicados en este blog a otras obras del mismo Emilio Carrere, como La amazona o El abismo de la voluptuosidad, asimismo titulada La campanera.
WhipMaster


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