Ultima actualización: 24 abril 2016

La amazona, de Emilio Carrere (novela erótica de 1923)

Reseña de esta novela de Emilio Carrere, uno de los escritores españoles de antes de la guerra que más se interesó por la temática sadomasoquista y afines.
De hecho, La amazona es una de las obras de literatura erótica más sobresalientes en cuanto a temática sadomasoquista debidas a autores españoles, junto a Azote viene y vaina va, de autor desconocido; El octavo pecado capital de Álvaro Retana; El látigo en la carne de Ignacio Rodríguez Grahit; Doña Juana, Juanita y Juanón de Víctor Ripalda-J. Sanxo La cortesana de las cruces / El más espantoso amor del mismo Emilio Carrere, que comentaremos próximamente.

Referencia del libro. Emilio CARRERE: La amazona. Madrid: Atlántida, 1923. [Colección La Novela de hoy, 74]. Ilustración de Enrique Varela de Seijas. Tambíén se incluyó en el tomo séptimo de las obras completas de Emilio Carrere y hay otra edición ilustrada por Carlos Masberger.

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El protagonista masculino de esta novela corta aparecida en 1923 es Alfredo Montanar, un afamado pintor de 35 años el cual acaba de ganar un premio importante por un cuadro titulado La Amazona, una figura femenina pintada “de memoria”  la cual “Daba la sensación de la hembra fuerte: alta y gallarda, desbordante de energía, llena de una voluptuosidad poderosa. En la mano derecha llevaba un latiguillo” (p. 10-11).

El pintor recibe una enigmática carta de una mujer que cree ser la amazona del cuadro. El mismo rostro “y acaso también su misma alma dominadora y terrible” (p. 9).

Esta mujer se llama Susana Arolas, tiene 28 años, y se presenta así: “Soy una mujer independiente. Tengo suficiente fortuna para realizar todos mis caprichos. Nadie manda en mí. He tenido todos los amantes que ha deseado mi ardor o mi romanticismo de un momento…. El amor para mí es un culto del que yo tengo que ser el único dios”  (p. 13).

O sea, una mujer dominante con todas las de la ley, que no tarda en subyugar al artista: “el pintor se sentía deliciosamente dominado en aquella inversión extenuante, en que ella era la violencia varonil y él la dulce pasividad” (p. 15).

Vale la pena llamar la atención sobre esta forma de entender la dominación femenina como inversión de unos roles supuestamente establecidos, según los cuales es al hombre a quien correspondería ser fuerte (y hasta violento, según se lee) mientras que a la mujer le tocaría ser pasiva y dulce.

Emilio Carrere insiste sobre esto cuando pone en boca de Susana Arolas, erigida en dominante absoluta, palabras como “Aquí soy yo quien manda –y rotundamente- ¡Aquí el único macho que hay soy yo!” (p. 24).

Como era previsible, en la relación de dominación/sumisión que se establece entre el pintor y la amazona, el látigo “fue un cotidiano, áspero y delicioso instrumento de placer y de dolor” (p. 27).

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Transcribo a continuación una escena de flagelación: “Se dirigió rápidamente hacia un armario de luna donde guardaba sus ropas y sacó un látigo de cuero, que blandió en el aire; el mismo que llevaba en su primera entrevista, el látigo de La Amazona, la obra maestra de Montanar. 
Graciosamente, con la ligereza de una domadora, descargó varios latigazos sobre los flancos del pintor. Este exhaló un aullido de dolor y quiso incorporarse con rabia homicida, pero la furia le cruzó el rostro y siguió flagelándole hasta que estalló la sangre.
Alfredo Montanar sintió de pronto que algo muy espeso, muy turbio, ascendía del fondo de su conciencia. Se quedó como paralizado, y a cada latigazo su carne sentía un vivo dolor, mezclado con una interna y violenta sensación de placer que se agudizaba a cada golpe…” (p. 24-25).

Emilio Carrere también insinúa una cierta componente fetichista en esta relación de dominación/sumisión: “El traje contribuyó mucho a su fascinación” (p. 29) o “El acierto mayor de Susana fue saber vestirse como le agradaba a él” (p. 30). 

El desenlace fatal de esta historia se precipita cuando Susana decide de golpe que ya ha tenido bastante y que quiere dejar al pintor: “No me gustas ya ¿está claro? Me he cansado de ti y quiero marcharme” (p. 45). Discuten, pelean, y él la mata. Entonces cobra relieve la discreta figura de María, la sirvienta del pintor, que éste rescató de la prostitución. María, secretamente enamorada del artista, declara que ella mató a Susana por celos para salvar al artista “y enlazándose al cuello del pintor, le dijo, con una ternura infinita: ¡Sálvate tú! ¡Déjame que me sacrifique por tu gloria, que te pague mi deuda de gratitud!” (p. 52).

Es evidente la intención del autor de contraponer el profundo sentimiento de María a la “psicología cínica, en la que el placer valía más que todos los ideales y sentimientos del universo” (p. 30) de la pareja protagonista. Ambos son definidos como desquiciados (p. 43) y sobre Susana se añade que “ella también era una loca, una fatigada del amor normal… incapaz de sentimiento” (p. 30). Carrere no niega el placer sadomasoquista pero lo considera un extravío moral y psicológico.

Remito a los trabajos sobre el sadomasoquismo en la literatura erótica española de principios del siglo XX que he publicado en la revista digital Cuadernos de BDSM para una visión contextualizada de esta obra de Emilio Carrere. 

Remito asimismo a los comentarios dedicados en este blog a otras obras de Emilio Carrere, como La cortesana de las cruces, también titulada El más espantoso amor, o El abismo de la voluptuosidad, asimismo titulada La campanera.
WhipMaster

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